miércoles, 8 de octubre de 1997

los Olvidos de la Memoria (del Otoño 1997 a fines del 1944)

México, otoño de 1997
Puerto Escondido, Oaxaca: despidiendo al huracán Paulina con el anochecer (VER: Tormenta en el Pacífico III: la Perica, Delia y Paulina - 1997) vimos desfilar frente a nosotros varios cascos cuadrados, bajando de camiones militares Mercedes-Benz pintados con el mismito gris rata del '44: inmediatamente inundaron mi memoria, los olvidados que hilo a continuación.
PREFACiO
Mucho tiene que ver la suerte, con nacer de una guerra y en una familia bastante extaña:
  • Mi padre un general, imposibilitado a matrimoniarse porque mi abuela materna murió soltera: ¿cómo comprobar que mi abuelo no era judío?
  • Mi madre, con nexos maquís para extraer trenes hasta Suiza, sin que volaran por los aires en nombre de "la libertad", tan defendida por maquís saboteadores de trenes (de trenes franceses bajo el mando alemán de mi padre) para que no llegaran a ninguna parte y con fugitivos viajeros, que necesitaban llegar para enriquecer lentamente la banca Suiza, depositando modestas posesiones en oro a cuentagotas, junto a jugosas ganancias en dinero "para lavar", tanto de industriales como de políticos, repartidos por ambos bandos de ése enorme negocio llamado guerra.
  • Mi nana Rosa, alsaciana de origen, solterona ya quedada que amaba los niños. 
  • Mi tío Sacha, comando voluntario ruso, ayudante personal del general.
  • Mi otro tío Otto, fanático de los planeadores, del paracaidismo y otras operaciones descabelladas.
  • Y mi hermana Arlette, 9 años mayor y oficiando como segunda madre cuando mis padres quedaban atrapados del otro lado del frente. En 1944 el frente era tan cigzagueante, como el avance de Sensemayá.
    Hoy éramos territorio "liberado", mañana pertenecíamos al "Reich" nuevamente; mientras, ambos bandos regaban tal ir y venir con sangres igualmente rojas, fertilizando así una tierra muda de horror.
  • Vivíamos en la granja de los señores Bastiè, vallée de Cheuvreuse. Ellos oficiaban como mis abuelos, yo les ayudaba con labores de la granja; arreglar el establo, recoger los huevos, alimentar a gallinas y gansos, llevar las vacas a pastar, cepillar caballos, ir a recoger bayas, hongos, piñones u otras yerbas del bosque, asegún la estación ··· pocas veces "las líneas" retumbaron cerca. Lo cuadrado o redondo de los cascos desfilando al día siguiente, indicaba de qué lado estábamos. Cuando eran redondos nos escondíamos en el bosque hasta el regreso de los cascos cuadrados.
Vallée de Cheuvreuse, otoño/invierno de 1944
Los campesinos entre quienes vivíamos, no confiaban en sus industriales ni en sus políticos: ambos habían vendido la Francia; primero a los alemanes y ahora, peor aún ¡a los americanos que ni europeos eran! Los temían tanto como a los rusos; los veían como salvajes ignorantes, que nada más nos venían a saquear. Su aviación acababa con todo lo que se movía en el suelo, por carreteras y por vías férreas; lástima que todo lo que se movía, eran franceses en fuga ···

El bosque nos protegía de tal destrucción aérea; la terminal ferrocarrilera cercana estando bien camuflada con sendas redes y sus trenes bien cubiertos con ramas. Varias veces acompañé  allá al tío Sasha en su Kettenkrad; me encantaba el ruido de las orugas y le ayudaba para arrancarlo con el cran, deteniendo el acelerador como indicaba mi tío. A veces no quería que lo acompañara, como cuando se iba sólo después de hablar por la radio, usando ésas palabras que ni entendía y me dijeron después, eran en inglés.

Intrigado me escapé de la granja, siguiendo por el camino las huellas de las orugas y su rueda delantera. Oí un avión acercándose muy bajo, pero no sonaba como los de combate: era mucho más suave. Cuando llegué al borde del bosque, ví al tío Sasha vestido de ruso junto a un avioncito de ala alta, bajando cajas que subían al Kettencrad. Casi se desmaya cuando le pregunté en la casa ¿porqué se vestía de ruso para jugar con el avioncito? Me hizo prometer que no iría más al lugar del avioncito. Era de los cascos redondos y con él mandaban comida y balas para los maquís; pero el tío Sasha con su radio, los atraía para llenar nuestra despensa y tener balas para nuestras armas, diciendo que era un contacto ruso. Mi pelo rubio, hubiera delatado el truco inmediatamente (mi madre decía que tengo "la cabeza demasiado cuadrada"). Nunca volví a preguntarle nada, ni me dejé ver de nadie; pero me gustaba demasiado ver despegar al avioncito ése, como para quedarme en casa.

Ésa mañana, madame Bastié y yo salimos al bosque buscando bayas para hacer mermelada. Mientras Madame recolectaba frutas en su canasta, fuí al tan prohibido lindero del bosque donde furtivamente aterrizaba el avioncito ése, atraído por el tío  Sacha y bien encandilado con su radio. Cerca, tronaba el avance de los cascos redondos; sorpresivamente, apareció la Gestapo y le tiró a Sasha en plena frente, antes de poder identificarse ni hacer nada como despedirse. Asomaron algunos cascos redondos que, demasiado tarde, acabaron con ésos uniformes negros. Escuchando tanta metralla, Madame me llamó y nos fugamos a lo profundo del bosque. (mi madre advertía: "los cascos cuadrados que eran nuestros amigos, ya se fueron. Los cascos redondos, ¡no son nuestros amigos para nada!")

Tratando de escondernos en una cañada, madame Bastié cayó y se rompió el brazo derecho. Me dijo con cara asustada:

"Wolfgang, ahora tienes que ser grandecito, ya no puedo cargarte" - Madame tenía entonces más de 70 años, yo casi 2. Mientras se vendaba el brazo con una tira de su vestido, vagué por la cañada encontrándome a dos "perritos" juguetones, frente a un agujero tapado con las raíces de un árbol enorme. Me lamieron las manos y entré al agujero con ellos. Había algunos huesos y una especie de hojarasca en el piso.

Regresé por Madame, y la llevé hasta el refugio encontrado, diciéndole: - "Ahí no nos encuentran" - Casi se muere del susto cuando llegamos: la mamá de los "perritos" estaba lamiéndolos. Se acercó a mí, mientras Madame estaba tan paralizada que ni hablaba, ni respiraba siquiera. La mamá me olió las manos que extendí para acariciarla, y las lamió. Agarré a Madame y le dije: - "No tengas miedo, nos van a ayudar" - y entré tras los "perritos" juguetones, que también dejaron las manos de Madame llenas de babas ···

Tres días después salimos y logramos llegar hasta su finca del bosque. Mientras, nos comimos nuestras bayas y fresas, y bebimos agua de la cañada. La mamá de los "perritos" gemía cuando nos fuimos ··· Desde ése día, Madame me llamó "JeanLoup" (pronunciado YanLú; significa JuanLobo) en vez de Wolfgang (pronunciar con papas quemándote el hocico, como ladrido hitleriano). Varias veces, vinieron la mamá y sus "perritos" a verme hasta la finca, anunciándose con sus aullidos. Yo les daba los huesos de nuestra comida.

Extraño a mi tío Sasha, mi primer amigo en ésta Ribera; me enseñó a "jamás portar un arma con cartucho en la recámara". Una vez no hice caso, cuando me regalaron mi ··· ¡Regalo de Cumpleaños! ···  !cuánta razón tenía!

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5 comentarios:

lola... . dijo...

12:13, una cervecita y leerte...un buen momento.
Gracias Juanlobo

Lady A . dijo...

Una de dos: o esta pantalla es demasiado ancha o mis ojos demasiado estrechos. Ando de lado a lado como una pelota de tenis.

A mi abuela materna le pasó algo parecido. Sólo que de mi abuelo no se sospechaba que fuese judío sino rojo. Tan rojo era que reapareció veinte años después de que le dieran por muerto en la guerra civil. Le acaban de soltar de un campo de concentración ruso. Su ideología era demasiado extremista hasta para ellos. Se casó con mi abuela y así mi madre pudo ser bautizada y tener una boda como es debido. Cuando falleció, recuerdo que mi abuela en vez de ponerse de luto se vestía con trajes de vivos colores con estampados de flores.

El final del relato me recuerda una de Rudyard Kipling. ¿No llegaste a conocer al oso Balloo?

un Autista Dislèxico dijo...

Quizás sea el tipo de letra, lo cambio: a ver si de Tenis pasa a Ping-Pong, dijo King-Kong.

un Autista Dislèxico dijo...

No, pero conocí a Soloco

Por cierto, en auqellos bosques encontré una vaca grande con cuernos en forma de manotas. Cuando llevé al tío Sasha para verlo, me dijo que era un alce, posiblemente del parque de algún castillo cercano (muchos oficiales alemanes restauraron los castillos que ocuparon, para poner sus cotos de cacería). Era un animal bastante dócil, una especie de gigante bonachón y bastante tragón: cuando entraba al establo, dejaba las vacas sin comer!

Francisco Javier Feliú Toledano dijo...

Donyan, no dejas indiferente a nadie, menudo memorion tienes aunque ya se sabe que, las letras y recuerdos si son con sangre (o cosas parecidas) más se gravan en la memoria. Creo que eso nos pasa a muchos.
Mucha razón tenía tu tio Sasha y es que las armas las carga el diablo y si éstas las pones en manos de descastados...peor todavía.
Un abrazo.